Una experiencia personal con la lactancia

amamantar

Cuando decidimos dar el pecho a nuestro hijo, nos embarcamos en una intensa aventura. Hoy queremos dar conocer de primera mano la experiencia de una mamá que está amamantando a su primer hijo y para eso hemos entrevistado a una buena amiga.

Cristina, de 29 años, comparte su vida con su maravilloso compañero Ángelo y su preciosísimo hijo de casi 19 meses llamado Said (niño feliz).

¿Cómo es que decidiste darle el pecho a tu hijo?

Yo tenía el profundo deseo de amamantar a mi bebé desde antes incluso de engendrarlo. Observaba a mi hermana, mamá experta en lactancia, dando teta a su hija de 4 años y más tarde a su hijo de 2 años y medio y me parecía lo más bonito que había visto en mi vida.
Un milagro.
Un regalo de la naturaleza.
Que de sus pechos emanara un caudal de leche que sus hijos devoraban con placer sintiéndose inmersos en el más pacífico de los universos me resultaba sencillamente MAGIA. Y yo tenía que ser parte de ella.
Por eso luché con uñas y dientes desde incluso antes de mi embarazo.

¿Qué ha sido lo que más te ha gustado de la experiencia?

Uff, tantas cosas…
Me encanta ese especial vínculo que es la lactancia, esa estrecha relación entre mamá y cachorro que las mujeres tenemos el placer de disfrutar por ser mamíferas, la prolongación del cordón umbilical que puede llegar a los 2, 3 o 4 años…según deseen madre e hijo.
Cuando cierro los ojos, aún puedo recordar la carita de mi niño cuando, tras un intenso y respetado parto, se enganchó por primera vez a mis senos, que duros y llenos de amor colmaban con gusto su sed de contacto y calmaban su miedo por no estar ya dentro de mí, sino fuera, en un mundo lleno de luz y de ruido, de sonidos y de olores desconocidos. Un lugar aterrador para tan inocente y pequeña criatura, con quien hasta ahora éramos UNO. La lactancia nos ayudó a volver a fundirnos.
Me encanta llegar a casa y ofrecerle el pecho a mi hijo, sentir la succión del pezón (algo profundamente relajador), ser parte protagonista de un sendero de cómplices miradas y manos entrelazadas, risas y caricias, pellizcos en la barriga y estrujamiento del pecho contrario.
La lactancia es fuente inagotable de sustancia nutritiva, calor, protección y calma.

¿Qué ha sido lo que te ha resultado más difícil?

La lactancia, como cualquier camino en la vida, también tiene sus piedras, sus baches, sus surcos que me han hecho caer más de una vez.
Empezaré contando que debido a una mala postura al ponérmelo al pecho (no un mal agarre, pues yo nunca tuve grietas ni dolores, sino una mala postura) mi hijo apenas ganó peso los primeros cuatro meses de vida. Con 5 meses no llegaba ni a los 4 kilos, algo realmente preocupante. Yo siempre me negué a darle leche de fórmula, pues a pesar de su extremada delgadez le veía sano, fuerte y feliz. Fueron muchas las noches que pasé llorando, pues la preocupación de mi amor y compañero (que a pesar de todo siempre respetó mi decisión de no darle leche artificial) y el hecho de verlo tan flaquito empezaron a hacer estragos en mi seguridad y en mi autoestima. ¿Por qué mi bebé no cogía peso? ¿Por qué? ¿Si mis pechos rebosaban leche materna y mi pequeño mamaba día y noche?
Por fin, cuando nuestro hijo tenía 5 meses y medio, llegamos a la consulta de Carmela Baeza, doctora pediatra y asesora en lactancia materna (profesional que desde aquí recomiendo a tod@ el/la que tenga problemas en la lactancia sean del tipo que sean) que con un simple  “¿por qué no te lo bajas un poco más?” corrigió mi postura y puso fin a nuestro calvario. Automáticamente y desde ese día, nuestro pequeño empezó a engordar. Devoraba los purés que su papá había empezado a prepararle pues eso le dejaba más tranquilo, aunque en el fondo de mi corazón yo tenía el fiel convencimiento de que la razón de su ganancia de peso no eran los purés como mucha gente se pensaba, sino la leche rica en grasas del final de la toma que por fin  tenía el placer de tragar a borbotones.
A partir de ese día todo fue sobre ruedas. Mi pequeño se hacía mayor, crecía y engordaba divinamente y por fin, tanto su padre como yo, vivíamos tranquilos. Empezó a gatear y un buen día se soltó a andar, a decir sus primeras palabras, entre ellas TETAAA, cómo no, pues su teta seguía con él día y noche, en las buenas y en las malas.
 A los 11 meses de mi hijito, agotada de no dormir, surgió una nueva crisis. Disfrutaba sobremanera de la lactancia diurna, pero las noches empezaban a convertirse en una auténtica pesadilla. Mi hijo no soltaba el pecho ni un momento en toda la noche. Lo máximo que aguantaba sin teta era una hora. Los frecuentes despertares y el hecho de tener que dormir tantas horas seguidas en la misma postura, con mi pezón en su boquita pues si hacía el más leve movimiento lloraba desconsoladamente, empezaban a afectarme el ánimo. Al no dormir, al día siguiente estaba cansada, de mal humor, triste.
Ahí fue cuando me planteé el destete nocturno, a sabiendas de que es el más difícil de lograr.
A los 11 meses de mi hijo empezaron las noches de cuento y canto, de caricias en la espalda y susurros al oído, de besitos en la boca y lágrimas a dúo (¿por qué no?), pues al principio no fue fácil para ninguno de los dos. Pero yo no podía más.
El gran amor que nos brindamos, la ayuda incondicional de papá y la comprensión de mi cachorro ganó la batalla. A la semana de intentar “dormir sin teta”, mi hijo dormía de repente acurrucadito a mi seis o siete horas seguidas, algo inimaginable hasta ese momento.
A día de hoy, mi hijo tiene 17 meses y medio y sigue mamando a demanda durante el día. Por las mañanas, nada más levantar el alba, trepa hasta mi cuerpo y se pasa una hora saltando de teta en teta, tranquilo, en paz.
Es un niño feliz y seguro de sí mismo.
Pero cuando cae la noche, tras contarle su cuento y  beberse su dos tetitas en la cama se tumba a mi lado y disfruta canturreando de las canciones que le canto con todo el amor de mi corazón, con todo el amor de madre, mientras le acaricio la espalda y el pelo y le repito mil veces lo agradecida que me siento y aquello que le dije la primera vez que nos miramos:
TE QUIERO, TE QUIERO, TE QUIERO.

¿Qué aprendizaje destacarías?

Amamantar a mi hijo es lo más bonito que me ha pasado nunca.
La lactancia me ha enseñado a LUCHAR, a ser sincera conmigo misma y con los que quiero. Soy parte de esa magia.
Me ha mostrado cómo soy yo realmente, me ha ayudado a conocerme mejor. A saber cuáles son mis miserias y mis grandezas, mis virtudes y mis limitaciones y a saber convivir con ellas.
Me ha hecho ver que todo es posible si existe amor verdadero, amor del bueno, de ese que se brindan madres e hijos.
Porque me he caído pero me he vuelto a levantar de la mano de mi pequeña criatura.
Porque gracias a ella he llorado y entendido que a veces el llanto es necesario, incluso bonito si se llora acompañado.
La lactancia de mi hijo ha sido para mí (y lo seguirá siendo hasta que él quiera) el aprendizaje más significativo de toda mi vida.
Un camino que volvería a recorrer una y otra vez.

¿Qué recursos que te hayan sido de utilidad recomendarías a otras personas que estén interesados en el tema?  y ¿Por qué?

Hay dos libros que por especiales y revolucionarios han supuesto una importantísima ayuda en la crianza de mi hijo.
Uno de ellos es “Mi bebé lo entiende todo” de Aletha J. Solter. Esta autora da un giro radical a la manera de concebir y entender el llanto en los bebés y niños pequeños y supone una manera revolucionaria de entender el mundo de la infancia. Este libro supuso desde luego un antes y un después en la crianza de mi hijo Said.
El otro es “Pintará los soles de su camino”, de Cristina Romero Miralles, un libro con una gran trascendencia espiritual que te hace ver la llegada de los niños pequeños  a nuestras vidas con un tinte más mágico. Maravilloso y precioso libro que te ayuda a cuidar el alma de los más pequeños.

About Crecer Sano y Feliz

Marta Gavito del Campo Psicóloga Clínica
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